Una mirada viajaba de cabeza en cabeza, era propiedad de Sitdo, sultán de la comunidad. Unas mujeres, sentadas formando una hilera frente a él, hacían esfuerzos baldíos por comprar al vuelo su mirada. El sultán se detuvo e hizo un gesto con su mano con desdén, las mujeres al verlo sabían que debían abandonar rápidamente la estancia. Con paso cansino salió de la sala junto a su sombra, esa tarde no habría más actos públicos, Sitdo elegiría otro momento para observar y detener sus ojos en alguna de aquellas cabezas, que habían formado un abanico de ilusiones inservible. Mujeres que eran observadas a capricho, con desprecio y algo de curiosidad, y sin tener la certeza de si algún día dejarían de ser observadas para llegar a ser posibles concubinas. Yurina, una varilla del abanico, supo que esta vez había estado cerca de ser la elegida, lo supo porque de las pequeñas pausas que hicieron los pies descalzos del Sultán, la suya fue una de las más prolongadas. Quería quedarse pronto embarazada, su juventud se marchitaba y si no tenía pronto un hijo de Sitdo, su belleza iría mermando hasta el punto de no tener influencia en aquellas hileras selectivas, en aquellos fusilamientos de belleza y esperanzas. Ella pertenecía al grupo de las observadas, y las leyes de la comunidad eran claras: o se quedaba embarazada o nunca llegaría a poder sentir los privilegios exclusivos de las concubinas. Yurina buscaba ya no tanto los privilegios, sino más bien poder tener un hijo al cual querer. Su vida había sido un camino de trabajo y sudor, y, aunque estaba educada y acostumbrada para ello, quería verse acompañada de un hijo con el egoísmo del que sabe dónde y porqué lo hace.

El paso del tiempo se tornaba pastoso en la comunidad. Los días eran calcados y las horas parecían harina en agua, espesadas sobre un colador de metal que hacia las veces de reloj. Las oportunidades de Yurina para mostrarse frente al Sultán iban sucediendo sin resultado algun (more…)

Anduve esta mañana, mientras trabajaba, escribiendo en dos pequeñas hojas de papel. Imaginé frases que podría escribir sobre ti, ahora, ideas que llenarían el silencio si pudiera pronunciártelas al oído. Por un momento llegué a pensar que mañana, ahora, estarías ahí, atenta a unos párrafos que quizá, podrías pensar, hoy sí hablarían de ti. Reconozco esa sonrisa, por eso busqué un papel en blanco, para tener algo con lo que recordar que por un momento te tuve presa entre las cuatro esquinas de un papel, por eso y para no defraudarte. Imaginé que hoy te habías levantado junto a mí, y que no irías a trabajar, con esa loca certeza del que imagina y sabe soñar. Tu despertador estaba dispuesto para avisarte a la misma hora que el mío, haciéndolo coincidir únicamente para despedirte de mí, para darme un adiós, un hasta la tarde y un cuidado beso. Creí, al verte con cara de sueño, que después volverías a la cama, con la tranquilidad que da el hecho de hacer algo hermoso, con la suavidad y el calor que desprenden las sábanas del querer. Acompañada de una media sonrisa por culpa del sueño y otra media mueca de placer, te dejé dormir.

Hoy, de camino a casa, mientras viajaba por el ascensor, recuperé el papel doblado junto al paquete de tabaco. Allí sobre unas desordenadas líneas, por contra, era yo y no tú el que descansaba sobre la cama ¿Cómo es posible? Revisé las notas y no había error, te habías marchado sin despedirte y en silencio. Una vez que empezé a asumir que mis ilusiones no habían llegado a ser nada, ni una mera ilusión temporal, entré en casa y al hacerlo las llaves se aturdieron al abrir. Llegué por fin al sofá, y, al verme sentado, pensé que ya no logro escribir lo que deseo. No tengo el poder de crear sueños. La realidad de la que siempre huyo, eso sí, sin temor, y con el vigor que desprende saberse aislado del sufrimiento, no se deja disuadir con intenciones, ni con mi tinta y con papel.

Olvidé decir que en la nota, cuando yo dormía y tú marchabas, también sonó el despertador a la misma hora de siempre para despedirme de ti, pero estabas ausente, y me dejé dormir.

 

 

Sobre la playa, cerca del mar, suele haber unos cuantos millones de piedras pequeñas que pierden su nombre por el de arena. Carecen de protagonismo, necesitan un nombre algo más concreto que el de pequeñas piedras anónimas. Toman prestado el término global de una realidad arenosa y diminuta. Pero hay veces que los granos de piedras se dispersan, por culpa del sol que seca su humedad y, aún siendo igual de pequeños, se hacen ver. Y allí están, descolocadas, vivas y al sol; allí estaba, fuera de la arena, con la cara de una sirena que acaba de salir de su acuosa realidad. De alguna manera mis manos sin querer habían movido la arena y al mirarme la palma de la mano, te vi. Tuve que sacar las manos de los bolsillos para lograr verte y después deslicé la mirada para esquivar las numerosas cabezas y cuerpos que me impedían ver un tú completo.
Cerca del ropero, en el comienzo de una fiesta que trascendía a los intranscendentes, a los solteros de corazón, allí estábamos un amigo y yo.─Miento y no por torpeza, éramos tres. Pero ella la verdad es que no suma, resta─.
La fiesta no había empezado y ya tenía final, ya tenía un pequeño grano de roca que brillaba por entre las dunas. Irse o quedarse para verla, no había mucho más que hacer. Podía parecer, y al final se confirmó, que el resto del tiempo iba a ser un mero trámite de alcohol y pan Bimbo relleno de queso de untar o sobrasada. Reunión de desparejados, de solteros, de viudas solteras, de niñas con cara de mujer, incluso de madres que acompañaban a su hija. Allí estábamos, citados todos los que querían una entrevista con sí mismos.

Entre intentos de mirar, escuchar algo de música y demás, nos entretuvimos en jugar a conocernos. Bajo el límite del minutero y aturdidos por un ruido frenético, nos sentamos de a pares e íbamos los hombres saltando de butaca en butaca. Algunas buscaban el germen de la amistad, pero no regaban con palabras. Otras, al ver que nuestra diferencia de edad era insalvable, se limitaban a comentar los actos baladíes. Incluso una madre viuda, sin marido ni muerte que contar, me dijo que le leyera el pequeño formulario que nos habían dado. No había traído las gafas, afirmó. Me quedé tan sorprendido que no pude sonreír. Esa mujer me hizo reflexionar hoy, ahora, y pienso que tengo suerte ya que todavía veo, o más que ver afino, afino tanto que corro altos riesgos de beberme un chasco. Ahora recuerdo que olvidé citar que después de dos o tres cambios de pareja, después de levantarme de la butaca de una para sentarme en la de otra, me senté con ella, con el ser que ahora ya no es parte de la arena. Ah, y no fue un olvido, más bien un silencio, un límite para no mostrar en exceso las pequeñas joyas, todavía con forma de roca, que me encuentro en la arena.

Iba de camino al baño a buscar una de sus orquillas preferidas. Susana, quiero creer que todavía recuerdo bien, estaba sometida en el trabajo a una presión abusiva. Sus pocas ideas creativas, las que provocaban en ella un placer verdadero y ajeno al resto de placeres, siempre quedaban bañadas de cálculos y responsabilidades atrasadas hasta más allá de la puerta de su casa. Sus días se hacían muy largos y, aun cuando conseguía llegar antes a casa, no lograba depurar su ocio y sus ganas de vivir. Paleta de Colores de SusanaDentro del cajón había un puñado de orquillas para el pelo. Eligió una que tenía una forma a modo de margarita y que hacía que su pelo pareciera brillante; aunque creía que elegía un color, acababa de elegir un resultado aparente. El hecho de poder elegir una simple orquilla calmaba por momentos su indecisión respecto a su vida diaria. En cierto modo sus dudas se veían confundidas entre una multitud de colores. De camino al sofá dejó tirada sus pocas ganas de vivir, junto al Vogue y un yogurt. Terminó de colocarse el pelo junto a la orquilla en su lado más hermoso, el izquierdo. Después de mover los mandos de la tele de sitio, rompía su férreo pacto de inmovilidad y se iba al pasillo a mirarse frente a un pequeño espejo, que devolvía una imagen de ella algo difusa y a la vez suficiente para poder ver de cerca los defectos de su piel. Después del mudo baile de ideas y actos, siempre acababa enganchada al televisor viendo un concurso decadente o a seudos cantantes reír. El cajón tendría que esperar otro día más para ser abierto, sólo uno, y los pequeños detalles quedaban hasta mañana olvidados.

Paleta de Colores de SusanaUna vieja gata de pelo grisáceo merodeaba por entre sus tobillos, parecía querer subir a sus muslos o simplemente molestar su atención. ‘Qué pesada te pones’ -dijo, dándose importancia-. La gata no escuchaba, daba igual qué ruido pudieran producir sus cuerdas vocales, nadie contestaría; no iba a haber reproches ni había reproches, únicamente imágenes de colores que una vez que habían conseguido enmudecer su alma no había quién las distrajera. Delirio de vacío, remanso de paz, inmovilidad y dejadez que bajo ninguna circunstancia iban a irse de su lado; únicamente el sueño podría superar semejante placer: el querer pensar y decidir no hacerlo.

La noche cerrada llegaría unas horas mas tarde. La palma de una de sus manos se abriría por culpa del profundo sueño. Apretados cojines entre su pechos. Delirios en sueños que acabarían por provocar la caída de la orquilla de su pelo. Ojos perezosos que con rebeldía se verían avocados a un súbito despertar y entre nubladas ideas visionarían de nuevo la orquilla y su mano cerca. Esta vez sin color, en blanco y negro por culpa del vago despertar de sus sueños.

Cuando llega la calma, cualquier día de esos que pesamos con serenidad y desde la ternura de la razón, olvidamos el pasado y no creemos que sea verdad nada de lo que haya sido vivido; negamos por lejano, por olvidado, todos y cada uno de los miedos que merodeaban junto a nuestra vida, ayer. La calma consigue derramar la botella de la inquietud y percibimos el mundo desde el balcón del sosiego, al sol y con las cremas bien untadas sobre nuestro cuerpo. Partimos de una sensata calma, que acaba por crearnos inquietud al no tener sucesos que alimenten nuestro ego: y nos lanzamos a vivir sin condón. Claro está, que vivir a pelo no es sinónimo de vivir con pasión. Las pasiones, al igual que el sentimiento, llevan consigo el sufrimiento, el querer y no poder, el aliento de vivir por y para ello, el fracaso. Por contra, el frenesí únicamente consigue que durmamos a pierna suelta y ronquemos, incluso soñemos, pero por falta de energía, no por ilusión. No dormimos con ganas de amar debajo de las sábanas, de soñar un poco más con ella, de no despertar.
Aún así, bendito frenesí. Adulantes imágenes frenéticas que capturamos a cámara lenta mientras el mundo gira y corre llevado por el huracán del destino. Viento que guía las vidas de muchos, y estos, sin hacerse preguntas, se dejan bambolear, acabando el día en cualquier calle, a oscuras. Llevados escaleras abajo a cualquier piso con los zapatos alojados en casa ajena, en el suelo y con gesto despeinado. Sin saber qué personas son pero conscientes de lo han hecho, sin anhelos de grandeza pero juntos a una gran dama de carnes prietas.

Un no buscar, un toparse con el destino en estado crudo, desnudo pero con las bragas puestas para que nos demos el gusto de quitárselas. Todo a mano, la mesa puesta y sólo un gesto por hacer: sujetar el tenedor de la vida y trinchar el placer en dos partes para poder tragarlo bien y que pase; eso sí, sin el cuchillo de la sabiduría. Con valor, sin tormentos, con el único objetivo que el de tener las manos llenas de carne, de labios, de zumo, de algo liquidable fácilmente por nuestra boca. Aparente pasión llevadera y sudada minuto a minuto.
Cocaína como respuesta al tedio del chasco, a la búsqueda de respuestas que damos por calladas antes de preguntar, por ser repetidas y monótonas copias de algo que un día añoramos y que seguiremos añorando pero desde la cama y no desde el tejado.