DESPUÉS de pulverizarme la mitad del cuerpo con un spay lleno de agua, como el que se usa para las plantas, mi piel estuvo temporalmente más fresca. El día anterior había tenido ideas sobre una vieja historia que pretendía escribir más tarde. Un entorno asfixiante y caluroso me había nublado las ideas poco a poco hasta llevarlas al hambriento terreno del abandono. Aunque por suerte, entre el sudor y el ventilador pude reunir algún tipo de frescor en mi mente que pudo liberar pequeñas migajas de ideas útiles. Al fin me decidiría a contar algo. (más…)

Durante más de siete años viví en el número 43 de la calle Grein. Nunca imaginé que me acabaría yendo antes de llegar al octavo año. Creía que mis pies estarían para siempre allí anclados. No me fui muy lejos, la verdad, unas pocas manzanas calle abajo, al número 46, aunque me hubiera gustado irme más lejos, fuera de los límites establecidos como normales. Siempre he pensado que para cambiar algún pesar se necesitan recorrer grandes distancias, llegar hasta donde el agotamiento me detuviera; lastimosamente, mis fuerzas únicamente alcanzaron para tres portales calle arriba.

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Saber que te quieren decir algo y estar convencido de que nunca sabrás su contenido, llega a ser tan cruel como pasar hambre sin perder ni un gramo de peso. Se llega a sentir el olor imaginado, el crujir del pan cerca del oído, y se acaba a ciegas, creyendo en algo intangible, saciado de aire y a manotazos contra las palabras invisibles. Se realizan sumarios, (más…)

                  Las primeras gotas cayeron sobre el suelo, las mismas que nunca se ven caer. Después cayeron las otras. Un frío ajeno a mi piel hizo que me diera cuenta. El calor ya había hecho su efecto sobre los bordes del helado y el líquido se derramaba lentamente, ablandando la galleta en su camino hacia la punta del cono. Cosas así te hacen pensar mientras regresas a casa. El efecto del calor llega tan rápido que no lo notas. Me di cuenta cuando sentí un frío redondo en la piel. Ya sabía que hacía calor, por eso fui en busca del primerizo helado de limón, pero no dejó de sorprenderme la mancha en el pantalón. Me sucede puntualmente cada año, con los primeros calores, el primer día que compro un helado de limón. Es una repetición más, un bucle que se centra en un punto concreto del giro anual y rutinario del mundo, que coincide conmigo dentro, jugueteando con las pequeñas cosas de la vida. A modo de improvisada y carnosa apisonadora, usé la lengua para que el helado se introdujera un poco más en la cavidad del cono. Parte de la masa blanquecina acabó en el suelo, desparramándose en su precipitada frenada, como si fuera una bomba de plutonio enriquecido con cáscara de limón. Zacra, chupss. Fueron dos impactos. Por algo la pólvora se inventó en parte por la intervención de un cítrico: la naranja. En algunos pueblos, en días rodeados de duro invierno, se usa la piel de naranja para azuzar el fuego de las chimeneas. Estas repeticiones cíclicas son una paradoja. Por un lado, son tradicionales y las hago, creo, para sentirme bien con el paso del tiempo: me congratulo al comprobar que el helado de limón sigue igual, y que no hay matices nuevos que enturbien mi recuerdo de su sabor anterior. Año tras año, el limón nunca envejece, amarillea y captura el color del sol. En cambio, al reafirmarme y convencerme de que no ha cambiado nada, viene tras ello un sentimiento frío y escarchado, envuelto por el plástico que recubre los polos de hielo. El sabor de algo auténtico lleva consigo recodar bocas, gestos y alguna que otra mirada al guardar las monedas del cambio. Es como si, el ahora polo o helado de limón, repitiera el proceso de crecimiento del limón en el limonero: captando para sí, a modo de añoranza, todo el sol que en su día había captado su ingrediente principal: el limón. Dicho de otro modo: la añoranza de un chupón con mirada, de esas que se lanzan para ofrecer algo de comer sin decir nada: “mmummm, ¿quieres?” Se diría si fuera el día y el caso. No dejéis de ofrecer vuestros helados o polos de limón. Quién sabe, igual estoy por allí y todavía no he comprado el mío. Existe también una versión nocturna de todo esto (por la hora en la que escribo). Quizás es alguien, y no el calor, el que calienta mi helado o se encarga de despistarme para que no vea como cae el líquido. La verdad es que siempre he tenido la sensación de que mis despistes, siempre frecuentes, se han producido y se producirán por algo. Cuando quedo abstraído, es porque algo hermoso me pasa por la mente, en forma de color, sabor o helado de limón. Eso sí, tengo un precio que pagar por ello: año tras año, tengo que lavar la misma mancha.

Helado de limón

 

En un semisótano escuché a Antonio Vega por primera vez. Reviví un beso mientras escuchaba una de sus canciones. Con ello descubrí uno de los secretos de la música: olvidarse de todo, incluso del hecho de escuchar, para después salir corriendo escaleras arriba, y no sentir los pies, y besar sin mover los labios, y ver todo nublado con los ojos abiertos. Aquel día me ayudó a abstraerme el hecho de sentir un amor tan profundo como el semisótano donde trabajaba. Una vieja radio sujeta con un alambre despedía la pócima gaseosa. Embrujado quedé para siempre con Antonio Vega. El carácter que derramaba, aquella mirada triste o la poesía de sus notas, me eran familiares y me dejaron grabada aquella imagen de mí mismo detenido frente a una canción suya. Todos tenemos pequeños detalles guardados a modo de cuadrículas en el cuaderno cuadricular que es nuestra vida. Ese es uno de los míos, y está situado en la primera y más sobada página. En aquella época ‘El sitio de mi recreo’ sonaba al día un par de veces por la radio y después venían los bocadillos de las once con lata de cerveza sobre un viernes de mayo cualquiera. Pocas cuadrículas como esa, pocos besos como los recordados. Al terminar la jornada, regresaba a casa y me detenía en una panadería cercana a la calle Fuente del Berro. Su panadero cerraba su despacho de pan y yo el mío. Después odiaba otra vez el olor del metro, Madrid estaba podrido. Al cabo de tres cuartos de hora salía de nuevo escaleras arriba, y la canción de Antonio regresaba a mis labios y la musitaba hasta que perdía la conciencia de hacerlo. Ya no era propiedad intelectual de Antonio, era parte de mi boca más analfabeta y de mi cena. Sé que llegué tarde a su primera obra, a Nacha Pop, pero nunca me importó demasiado; yo prefería escuchar aquel alma que deambulaba por las calles, mortecina y triste. Como un buen Blues, escuchaba sus letras para después sentirme todavía un poco mejor, en una especie de alzamiento militar de mi estado ánimo. Es raro, pero Antonio dejó sus canciones para siempre dentro de las líneas de un cuadrado. Y llegaba el día siguiente. El click de la radio volvía a sonar, como también se repetían los bocadillos en el recreo de mi oficina. “¿Rey, te pongo Morta?”. Me decía el dueño de los Ultramarinos, tan maricón como buena persona. Llegaba la mezcla: bocadillo de mortadela, pan de Fuente del Berro, canción de Antonio Vega y algún trago que otro de poco a poco. Cuando se mezclaba todo, yo ya me había marchado escaleras arriba. Estoy seguro de que si alguien hubiera bajado a algo, habría visto únicamente mi chupa colgada de la puerta. La música nos evade y nos transporta allí donde quedamos realmente solos; para mal o, como en mi caso, para estar frente a mi amor a eso de las once de la mañana de un día de diario. Otro click anunciaba al nuevo día, pero ahora su continuación era el sábado. Entonces la cuadrícula volvía a sus coordenadas, pacientemente esperaría hasta que yo bajara el lunes las escaleras del semisótano. Durante el fin de semana, no echaba de menos nada. El sitio de mi recreo era ella: sus labios eran del color de la mortadela, su boca pronunciaba letras melódicas y olía como el pan recién horneado de Fuente del Berro.

Bocadillo de Mortadela

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