Cuando llega la calma, cualquier día de esos que pesamos con serenidad y desde la ternura de la razón, olvidamos el pasado y no creemos que sea verdad nada de lo que haya sido vivido; negamos por lejano, por olvidado, todos y cada uno de los miedos que merodeaban junto a nuestra vida, ayer. La calma consigue derramar la botella de la inquietud y percibimos el mundo desde el balcón del sosiego, al sol y con las cremas bien untadas sobre nuestro cuerpo. Partimos de una sensata calma, que acaba por crearnos inquietud al no tener sucesos que alimenten nuestro ego: y nos lanzamos a vivir sin condón. Claro está, que vivir a pelo no es sinónimo de vivir con pasión. Las pasiones, al igual que el sentimiento, llevan consigo el sufrimiento, el querer y no poder, el aliento de vivir por y para ello, el fracaso. Por contra, el frenesí únicamente consigue que durmamos a pierna suelta y ronquemos, incluso soñemos, pero por falta de energía, no por ilusión. No dormimos con ganas de amar debajo de las sábanas, de soñar un poco más con ella, de no despertar.
Aún así, bendito frenesí. Adulantes imágenes frenéticas que capturamos a cámara lenta mientras el mundo gira y corre llevado por el huracán del destino. Viento que guía las vidas de muchos, y estos, sin hacerse preguntas, se dejan bambolear, acabando el día en cualquier calle, a oscuras. Llevados escaleras abajo a cualquier piso con los zapatos alojados en casa ajena, en el suelo y con gesto despeinado. Sin saber qué personas son pero conscientes de lo han hecho, sin anhelos de grandeza pero juntos a una gran dama de carnes prietas.

Un no buscar, un toparse con el destino en estado crudo, desnudo pero con las bragas puestas para que nos demos el gusto de quitárselas. Todo a mano, la mesa puesta y sólo un gesto por hacer: sujetar el tenedor de la vida y trinchar el placer en dos partes para poder tragarlo bien y que pase; eso sí, sin el cuchillo de la sabiduría. Con valor, sin tormentos, con el único objetivo que el de tener las manos llenas de carne, de labios, de zumo, de algo liquidable fácilmente por nuestra boca. Aparente pasión llevadera y sudada minuto a minuto.
Cocaína como respuesta al tedio del chasco, a la búsqueda de respuestas que damos por calladas antes de preguntar, por ser repetidas y monótonas copias de algo que un día añoramos y que seguiremos añorando pero desde la cama y no desde el tejado.