Iba de camino al baño a buscar una de sus orquillas preferidas. Susana, quiero creer que todavía recuerdo bien, estaba sometida en el trabajo a una presión abusiva. Sus pocas ideas creativas, las que provocaban en ella un placer verdadero y ajeno al resto de placeres, siempre quedaban bañadas de cálculos y responsabilidades atrasadas hasta más allá de la puerta de su casa. Sus días se hacían muy largos y, aun cuando conseguía llegar antes a casa, no lograba depurar su ocio y sus ganas de vivir. Paleta de Colores de SusanaDentro del cajón había un puñado de orquillas para el pelo. Eligió una que tenía una forma a modo de margarita y que hacía que su pelo pareciera brillante; aunque creía que elegía un color, acababa de elegir un resultado aparente. El hecho de poder elegir una simple orquilla calmaba por momentos su indecisión respecto a su vida diaria. En cierto modo sus dudas se veían confundidas entre una multitud de colores. De camino al sofá dejó tirada sus pocas ganas de vivir, junto al Vogue y un yogurt. Terminó de colocarse el pelo junto a la orquilla en su lado más hermoso, el izquierdo. Después de mover los mandos de la tele de sitio, rompía su férreo pacto de inmovilidad y se iba al pasillo a mirarse frente a un pequeño espejo, que devolvía una imagen de ella algo difusa y a la vez suficiente para poder ver de cerca los defectos de su piel. Después del mudo baile de ideas y actos, siempre acababa enganchada al televisor viendo un concurso decadente o a seudos cantantes reír. El cajón tendría que esperar otro día más para ser abierto, sólo uno, y los pequeños detalles quedaban hasta mañana olvidados.

Paleta de Colores de SusanaUna vieja gata de pelo grisáceo merodeaba por entre sus tobillos, parecía querer subir a sus muslos o simplemente molestar su atención. ‘Qué pesada te pones’ -dijo, dándose importancia-. La gata no escuchaba, daba igual qué ruido pudieran producir sus cuerdas vocales, nadie contestaría; no iba a haber reproches ni había reproches, únicamente imágenes de colores que una vez que habían conseguido enmudecer su alma no había quién las distrajera. Delirio de vacío, remanso de paz, inmovilidad y dejadez que bajo ninguna circunstancia iban a irse de su lado; únicamente el sueño podría superar semejante placer: el querer pensar y decidir no hacerlo.

La noche cerrada llegaría unas horas mas tarde. La palma de una de sus manos se abriría por culpa del profundo sueño. Apretados cojines entre su pechos. Delirios en sueños que acabarían por provocar la caída de la orquilla de su pelo. Ojos perezosos que con rebeldía se verían avocados a un súbito despertar y entre nubladas ideas visionarían de nuevo la orquilla y su mano cerca. Esta vez sin color, en blanco y negro por culpa del vago despertar de sus sueños.