Sobre la playa, cerca del mar, suele haber unos cuantos millones de piedras pequeñas que pierden su nombre por el de arena. Carecen de protagonismo, necesitan un nombre algo más concreto que el de pequeñas piedras anónimas. Toman prestado el término global de una realidad arenosa y diminuta. Pero hay veces que los granos de piedras se dispersan, por culpa del sol que seca su humedad y, aún siendo igual de pequeños, se hacen ver. Y allí están, descolocadas, vivas y al sol; allí estaba, fuera de la arena, con la cara de una sirena que acaba de salir de su acuosa realidad. De alguna manera mis manos sin querer habían movido la arena y al mirarme la palma de la mano, te vi. Tuve que sacar las manos de los bolsillos para lograr verte y después deslicé la mirada para esquivar las numerosas cabezas y cuerpos que me impedían ver un tú completo.
Cerca del ropero, en el comienzo de una fiesta que trascendía a los intranscendentes, a los solteros de corazón, allí estábamos un amigo y yo.─Miento y no por torpeza, éramos tres. Pero ella la verdad es que no suma, resta─.
La fiesta no había empezado y ya tenía final, ya tenía un pequeño grano de roca que brillaba por entre las dunas. Irse o quedarse para verla, no había mucho más que hacer. Podía parecer, y al final se confirmó, que el resto del tiempo iba a ser un mero trámite de alcohol y pan Bimbo relleno de queso de untar o sobrasada. Reunión de desparejados, de solteros, de viudas solteras, de niñas con cara de mujer, incluso de madres que acompañaban a su hija. Allí estábamos, citados todos los que querían una entrevista con sí mismos.

Entre intentos de mirar, escuchar algo de música y demás, nos entretuvimos en jugar a conocernos. Bajo el límite del minutero y aturdidos por un ruido frenético, nos sentamos de a pares e íbamos los hombres saltando de butaca en butaca. Algunas buscaban el germen de la amistad, pero no regaban con palabras. Otras, al ver que nuestra diferencia de edad era insalvable, se limitaban a comentar los actos baladíes. Incluso una madre viuda, sin marido ni muerte que contar, me dijo que le leyera el pequeño formulario que nos habían dado. No había traído las gafas, afirmó. Me quedé tan sorprendido que no pude sonreír. Esa mujer me hizo reflexionar hoy, ahora, y pienso que tengo suerte ya que todavía veo, o más que ver afino, afino tanto que corro altos riesgos de beberme un chasco. Ahora recuerdo que olvidé citar que después de dos o tres cambios de pareja, después de levantarme de la butaca de una para sentarme en la de otra, me senté con ella, con el ser que ahora ya no es parte de la arena. Ah, y no fue un olvido, más bien un silencio, un límite para no mostrar en exceso las pequeñas joyas, todavía con forma de roca, que me encuentro en la arena.