Una mirada viajaba de cabeza en cabeza, era propiedad de Sitdo, sultán de la comunidad. Unas mujeres, sentadas formando una hilera frente a él, hacían esfuerzos baldíos por comprar al vuelo su mirada. El sultán se detuvo e hizo un gesto con su mano con desdén, las mujeres al verlo sabían que debían abandonar rápidamente la estancia. Con paso cansino salió de la sala junto a su sombra, esa tarde no habría más actos públicos, Sitdo elegiría otro momento para observar y detener sus ojos en alguna de aquellas cabezas, que habían formado un abanico de ilusiones inservible. Mujeres que eran observadas a capricho, con desprecio y algo de curiosidad, y sin tener la certeza de si algún día dejarían de ser observadas para llegar a ser posibles concubinas. Yurina, una varilla del abanico, supo que esta vez había estado cerca de ser la elegida, lo supo porque de las pequeñas pausas que hicieron los pies descalzos del Sultán, la suya fue una de las más prolongadas. Quería quedarse pronto embarazada, su juventud se marchitaba y si no tenía pronto un hijo de Sitdo, su belleza iría mermando hasta el punto de no tener influencia en aquellas hileras selectivas, en aquellos fusilamientos de belleza y esperanzas. Ella pertenecía al grupo de las observadas, y las leyes de la comunidad eran claras: o se quedaba embarazada o nunca llegaría a poder sentir los privilegios exclusivos de las concubinas. Yurina buscaba ya no tanto los privilegios, sino más bien poder tener un hijo al cual querer. Su vida había sido un camino de trabajo y sudor, y, aunque estaba educada y acostumbrada para ello, quería verse acompañada de un hijo con el egoísmo del que sabe dónde y porqué lo hace.

El paso del tiempo se tornaba pastoso en la comunidad. Los días eran calcados y las horas parecían harina en agua, espesadas sobre un colador de metal que hacia las veces de reloj. Las oportunidades de Yurina para mostrarse frente al Sultán iban sucediendo sin resultado alguno, a lo sumo alguna mirada llorosa que no recibía ni pañuelo en forma de interés. Cansada de pensar la forma de llamar la atención del Sultán, Yurina decidió que para su próximo encuentro su cara sería la más triste del mundo, usaría la cara más inexpresiva que podía fingir, la cara de la muerta más bella de la comunidad. Pasados unos días, llegó la oportunidad. El día levantó triste, llovía y el agua sobre el suelo dejaba un olor a miga de pan recién horneado pero húmedo. Las mujeres de servicio se encargaban de hornearlo cada día y su olor, al verse mezclado con el de la lluvia, era triste y por momentos placentero. Yurina, ajena al olor premonitorio, entró en la sala con cara de muerta, con la cara de una mujer ilusionada que acaba de recibir una mala noticia. Los pies descalzos empezaron su recorrido, como siempre, como el comienzo de una pausada danza ritual. Las telas de colores de las vestimentas del Sultán iban cambiando las sombras a cada zancada. Yurina, con su cabeza mirando al suelo, esperaba sentir la sombra cerca para en ese momento levantar la cabeza; quería mostrar su rostro de repente, por sorpresa, esperando sorprender de la misma manera del que sabe que no esperan verle muerto y mira con cara de cadáver. El Sultán se detuvo frente a ella, cesó el olor a agua de lluvia y un olor a pan recién horneado entró por la puerta. Después de unos segundos, Yurina levantó la cabeza. Sitdo, el Sultán miró a esa aparición fantasmal que emergía delante de sus ojos y al cabo de unos segundos reanudó su camino. Cuando parecía que esa mirada terrorífica había provocado su huída definitiva, se dejó llevar por una atracción compasiva, giró la cabeza y con la misma atracción del que sabe que amar a un muerto es algo único e irrepetible, posó su mano sobre el hombro de Yurina y cuando la hubo quitado miró a una mujer de servicio para indicar que Yurina era la elegida. De ahí al final del día en la comunidad se mantuvo el olor a pan tierno.

 

 

 

 

 

De aquel encuentro entre Sitdo y Yurina nació Gain, un niño hermoso de pelo negro. Sitdo se había quedado prendado aquella tarde de olor a pan tierno, sus sentidos más crueles se vieron transformados por el olor o quién sabe por qué, pero Yurina no solo consiguió al hijo que deseaba, sino también casarse, unos meses antes del alumbramiento, con el Sultán. Era la séptima esposa en jerarquía, la última hasta ese momento, pero en cambio, en cariño era primeriza.
Una tarde, mientras cambiaban el pañal al niño, se acercó el Sultán a ver cómo estaba Gain. “No llora”, dijo sorprendido, “Tiene casi tres semanas y apenas abre bien la boca para amamantar”. Yurina no contestó, y haciéndose cómplice de su hijo cerró la boca, le vistió de manera apresurada y se fue al dormitorio. El niño apenas podía abrir la boca, sufría algún tipo de atrofia en su mandíbula. No le impedía amamantar pero sí llorar o hablar cuando llegara el momento. El llanto interior de su madre se escuchaba por vez primera entre muros. El Sultán, cuando supo la verdad de boca de Yurina, no tuvo más remedio que comunicar a su esposa que mientras nadie se diera cuenta del defecto del niño podrían seguir criándolo, pero cuando pronunciara sus primeras palabras tendrían que abandonarlo a su suerte. La debilidad no tenía cabida en la comunidad, y menos si se cebaba con la estirpe que la gobernaba. Intentar su aceptación supondría un gesto de debilidad que podría ser utilizado por sus enemigos para asesinar a su padre.
El niño fue creciendo y cuando tuvo una edad en la que los sonidos guturales eran inteligibles e incompresibles para su edad, iba a cumplir apenas diez años, una noche oscura y con olor a nada, a cielo y estrellas, fue abandonado en una aldea cercana. Deambuló por las cercanías de la aldea, emitiendo sonidos que bien parecían aullidos de un lobezno, y, al notarse sumamente cansando de gritar, decidió pasar la noche bajo una higuera. Al despertar se encontró en su cara a un hombre y a su caballo. Era un panadero de los alrededores. No supieron comunicarse, hubo preguntas sin respuesta, ruidos y gestos que llegaron a apenar tanto a aquel hombre que, haciendo un gesto de misericordia, decidió subir al niño a lomos de la bestia.
Yurina no había olvidado a su hijo. Unos días antes de abandonarlo había hablado con su marido para ver de qué manera podrían saber de su hijo sin que nadie se diera cuenta. Decidieron que enviarían a un emisario la misma noche del abandono, un eunuco conocido de Yurina, para que siguiera al niño por la noche y así saber dónde y con quién acababa su hijo. El futuro del niño lobezno estaba en juego.
El panadero misericordioso, mientras el niño dormía en el establo, ya estaba pensando la manera de desprenderse de él. No tenía apenas trabajo y el poco pan que horneaba no era suficiente para mantenerlos a ambos. Al despertar el niño, el panadero lo cogió de la mano y se dispuso a colocar las riendas de su caballo. Quería alejarlo de su casa y devolverlo al mismo lugar donde lo encontró. Habían avanzado apenas unos metros cuando les detuvo el emisario del Sultán. “Tengo que darle un mensaje de Sitdo, el Sultán de la comunidad”. El panadero se dejó caer del caballo al escuchar la frase y, con una mirada atenta, esperó que continuara hablando. El mensaje partía con una petición de amparo para con el niño y terminaba con una recompensa a cambio. El Sultán garantizaba que compraría todo el pan que él horneaba, hasta el punto de que toda la comunidad comería pan de su horno. El negocio se multiplicaría por 100 para aquel hombre. Solo tenía que enseñar el oficio a Gian y construir un nuevo horno. Gian, para aquel hombre, era un regalo caído del cielo, de un cielo ruidoso por culpa de los sonidos que Gian emitía.
Pasaron los años, Gian aprendió un oficio y creció feliz. Sus padres sabían de él, aunque no podían verse. Si Gian aparecía por la comunidad para entregar el pan, sería reconocido. El panadero se encargaba de los repartos, mientras Gian limpiaba el horno y preparaba la masa. Cuando el carro tirado por dos caballos entraba en la comunidad, sus padres sentían que su hijo estaba cerca, no podían verle pero podían saborear el olor de la felicidad, el olor a pan tierno recién horneado.