Quiso romper su rutina, cambió el pijama por una camiseta de algodón blanco para evitar mancharse, cogió su móvil y se sentó sobre la encimera de la cocina cruzando las piernas sobre el empeine de su pie izquierdo. Abrió la tapa y, mientras su imaginación generaba palabras, detuvo sus ojos pensativos sobre la pantalla. Necesitaba no alejarse más de sus sentimientos y encontró en la pantalla de su móvil la plataforma perfecta para verse reflejada sin tener que salir de casa. Alternaba sus divagaciones con miradas de reojo al sofrito que se retorcía todavía en la sartén, al cual no le quedaba mucho para terminar de cocer. Cada palabra creada, a golpe de tecla presionada, era un pequeño grito en silencio generado de manera automática por los pitidos del móvil. Escribía cada una de las letras con la presión necesaria para darle sentido a cada frase sin equivocarse. Al igual que un buen sofrito, su demanda de calor vital era lenta y se iba deshaciendo poco a poco. Se tomaba su tiempo: corregía y rescribía, con la intención de blindar los verbos, ceñir los adjetivos y ocultar sus miedos; intentando, eso sí, que no pareciera una súplica, sencillamente un saludo vespertino antes de comer. Al igual que las palabras que ella pronunciaba a diario, las escritas junto a los pimientos humeantes no eran mas que signos que ocultaban el hervidero de su significado.
Al otro lado de la pantalla no esperaba nadie: el móvil al cual iba dirigido el mensaje estaba apagado, pero ella no lo sabía. No parecía importarle si él lo iba a leer o no, eso era algo que reservaba para una no esperada respuesta. Era consciente de ello porque el mensaje por si mismo no llevaba escrito interrogantes: era un llanto de sangre con aspecto de jugo de tomate, un mensaje tuerto y sin intenciones pragmáticas de ser visto más allá de una pantalla de pulgada y media. Acabado el proceso de escritura, cerró el móvil y lo puso a cargar. La comida estaba lista. Los platos recogidos. Tendió la ropa limpia sobre un cielo ligeramente soleado que no llegaba a calentar. No hubo respuesta o quizás sí, pero no hubo dudas ni llantos ni esperas. Después de dejar caer la tarde, después de dejar de esperar a la noche, se arrepintió de no haber sido más sincera en su mensaje, pero ya era tarde: las noches tienen el poder de hacer olvidar todo lo que no nos importa, incluido un mensaje de amor escrito entre las férreas líneas de la cortesía
Junio 8, 2008
Pimientos, amor y cortesía
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