Tras tener encarcelado durante medio año al alcalde que compra mi ropa, me dispuse a liberarlo para comprar un bañador. Últimamente ha malversado sin pudor, el muy canalla, y no tengo presupuesto para derramar en retales. Es un ladrón sin sentimientos que ni deja gastar ni logra ahorra un duro, por eso lo tuve tanto tiempo retenido.
Aparqué mi viejo coche, el más inseparable y fiel amigo que nunca llegaré a tener; el único que nunca parece cansarse de estar a mi lado, el único que todavía no me ha abandonado cerca de una parada de metro con el billete a medio pagar. Es un viejo Renault Clio, por si alguien que no me conozca tiene curiosidad, que sigue arrancando cada mañana sin descanso, sin pedir nada inmaterial a cambio. El día que tenga que viajar en metro lo echaré de menos, lo pensaré a cada paso del tren. Cuando llegue el momento de la despedida: y tenga que echar mano de la cartera para comprar el billete y no tenga esas llaves en el bolsillo, ese llavero de cobre que todavía acompaña el arrancar del día, tendré que despedirlo dando un beso en la frente al frío alquitrán. Como todavía no ha llegado ese momento, aparqué cerca de la entrada y detuve mi atención en dos chicas que husmeaban su curiosidad cerca del muro que conducía a la entrada del centro comercial. Me miraron sobresaltadas al pasar frente a ellas. Hay veces que el no afeitarse ayuda a recibir mensajes exógenos, de piel tersa y firmes pechos; pero resultaron ser tan falsos como las monedas de los carros; una escalera mecánica estaba cerca de mis pies cuando llegué a esa lánguida reflexión.
Entre falsos biombos, ropas y suelos relucientes, tuve la sensación de entrar en el piso que un día abandoné; parecían un montón de muebles a la venta, sin etiquetas; añorados paseos entre sus falsas calles con cara de pasillos sin puertas. Añoré no poder sentir la pesadez de la espera, imaginé a esa chica que mira las etiquetas y después levanta la cara en busca de alguien, sopesé el precio de querer amar y no tener con quién sacar la tarjeta. Nunca pensé que llegaría a echar de menos pagar una cuenta a medias. Menos mal que todavía recuerdo el número que hay que mirar en las etiquetas para que la ropa se ciña a mi realidad, menos mal que hay lecciones que nunca se olvidan, menos mal que esos ojos, cuando voy de compras y me despisto con alguna etiqueta, siempre me aconsejan.